RETENES

Por medio de Resolución 174 de 1913, se crea el cordón sanitario, que recluye totalmente a los enfermos y los separa del resto del país. Creándose de ésta manera los conocidos “Retenes” o sitios de control y vigilancia para la entrada o salida de personas del Lazareto.

Con el fin de controlar la entrada y salida de personas al lazareto se construyeron ocho   RETENES, puestos así: Al Occidente, PLACITAS; Sur, LA COLORADA y CALAMAR; Oriente, CASA DE ZINC, EL RIO Y SAN VICENTE; Norte, LA GLORIA Y CANCHALI.

Como se ve, los puntos cardinales del lugar estaban cercados estratégicamente con los Retenes, cuya misión ingrata estribaba en la vigilancia cautelosa del campo de concentración, quizá más cruel que el ideado por el nazismo..:

Esta tarea de encarcelar al hanseniano como si se tratara de un ser abominable y perverso, tuvo realizadores, anteriormente, hacia 1.930.  Un dócil Administrador, el señor Pilonieta, obedeciendo consignas de lo alto, de algún torturador, edificó una especie de muralla china o MURO DE LA VERGÜENZA, que circundaba la parte urbana oriental del Lazareto con elevadas tapias y alumbrada de púas que se prolongaba hasta el sitio conocido como Mata de plátano, hacia el sur, cerca de la Guayacana.  La única puerta de acceso, al este, quedaba situada un poco arriba de El otoño…

Cada Retén estaba provisto de calabozo para encerrar precautelativamente al delincuente sorprendido in fraganti; y de teléfono para estar en comunicación permanente con el Cuartel, los otros Retenes y demás Oficinas públicas.  Había dos o tres policías armados de fusil, revólver y bolillo.  Existía una cadena de hierro que al llegar al crepúsculo colocaban atravesando el angosto camino, para evitar al paso furtivo de las gentes encorraladas.

Nadie podía entrar o salir del lugar sin el pase o permiso de rigor.  Si el viajero padecía la dolencia, la autorización la concedía el médico Director.  Si era sano, este menester correspondía al Jefe de Negocios Generales o Administrador.

Los mercaderes se veían precisados a proveerse de la CEDULA DE VIVANDERO, requisito indispensable para entrar al leprocomio con su mercancía.  Tales ciudadanos debían pagar impuestos de caminos y los hacían víctima de exacciones, pechos y trabajos obligatorios.  Conminados a salir el mismo día o al siguiente, se les forzaba a desinfectar en un cuarto hermético, tratado con formol, los aperos y cuanto sacaran.

A igual procedimiento estaba sometido el equipaje del visitante que por fortuna conseguía el esquivo y regateado pase de tres días.

El paciente llegado al destierro, al Pozo de Donato, debía despedirse del mundo.  Un permiso para ir a su patria chica u otro lugar de Colombia, así fuese con suma urgencia, era difícil de obtener, por no decir imposible, gracias a las trabas: fianzas ingentes, negatividad bacteriológica, etc.  Entonces, a menudo, en caso imprescindible, corría el albur, al salirse a escondidas, de caer en las manos tiranizantes del esbirro, sufriendo el peso de disposiciones duras e implenables..:

 

Enfermos con predios rurales dentro del perímetro anterior del Lazareto, dedicados a las faenas agropecuarias, donde vivían con su familia, empujados por el decreto aludido, se vieron en la obligación de dar a menos precio el fruto de un trabajo honrado, para meterse al pueblo, a morir de tedio, desilusión y vicios.

Los Retenes, a manera de garitas penitenciarias, vigilaban de día y de noche.  La gendarmería oteaba el campo.  Como perro de presa, olfateaba las colinas y recados del camino.  Escudriñaba palmo a palmo los terrenos con ojo avizor… Cual sierpe traicionera, acechaba al INTRUSO desprevenido y confiado.

Guardias escondidos detrás de piedras, en matorrales, vigilaban sendas y vericuetos con celo redoblado, digno de causas menos prosaicas, vituperables.  En los atajos, armaban lazos, emboscándose como viles sicarios despreciables. Los policías acuciosos eran el brazo armado de la represión imperante contra el hanseniano y sus parientes…

Enfermos y sanos, queriendo traspasar el cordón sanitario sigilosamente, sin lograr el permiso, al correr para evitar la aprehensión rodaron a la sima perdiendo sus vidas..!

Muchos contados por millares- sorprendidos en plan de fuga, fueron condenados a trabajos materiales rigurosos-generalmente en provecho de los guardias-y a cárcel.  Si eran sanos, la privación de la libertad se verificaba en el Cuartel Externo o en los sitios de reclusión de municipios vecinos.  A los enfermos se les imponía arresto y suspensión de la ración.

A varios prófugos reincidentes los condujeron al pueblo esposados, como a peligrosos malhechores..!

Los centinelas insobornables del bien común, abusaron sexualmente de muchas mujeres que pretendían pasar por debajo de cuerda –sin pase- como se decía entonces. Por similar contravención apresaban a muchachos del poblado en el Cuartel Externo, para hacerlas objeto del festín morboso de su apetito de sótiros..!

La policía extremaba tanto el cumplimiento de un deber discutible e infame, hasta el punto de capturar por intento de fuga a personas que transitaban cerca de la Administración o en vecindades de los tristemente célebres guardines de la Ley y el orden establecido..!